El caso Alcàsser: el asesinato de tres adolescentes.


Aún sigue en pie la caseta, situada en el paraje de la Romana, donde se produjeron hechos clave de los acontecimientos de este caso. El 13 de noviembre de 1992, tres adolescentes de la localidad valenciana de Alcácer desaparecían mientras intentaban dirigirse a una discoteca de la localidad de al lado, Picasent. Setenta y cinco días después, tras una intensa búsqueda, sus cuerpos fueron encontrados, a medio enterrar, por dos apicultores en una amplia fosa (que había sido excavada aposta) situada en el barranco de la Romana. 

Los cuerpos estaban envueltos en una extensa y nueva alfombra. También, se encontraban maniatados y dos de los cuerpos presentaban una separación de la cabeza respecto al resto del cuerpo. La identificación no fue sencilla debido al adelantado estado de descomposición y al deterioro de las prendas de vestir que llevaban. 
En los alrededores, se encontraron objetos como un videojuego y un cartucho sin percutir, así como unos trozos de papel situados en unos matorrales. Al recrear los trozos de papel, se averiguó que se trataba de un volante médico que pertenecía a un tal Enrique Anglés Martins, lo cual hizo que, automáticamente, se convirtiera en el primer sospechoso. No obstante, se descubrió después que el volante realmente era del hermano de Enrique, Antonio, que lo había suplantado en el hospital. Antonio Anglés no se encontraba en su domicilio cuando la policía se presentó allí porque ya había emprendido su huida, pero sí se encontraba un amigo de la familia, Miguel Ricart que fue reconocido inmediatamente por las autoridades como compañero de fechorías anteriores de Antonio. Ricart acabó confesando su participación en el asesinato de las menores. La pista de Anglés se perdión cuando este se subía a un barco para regresar a Brasil, su país natal. Nunca se dio con el paradero de Antonio Anglés y, hoy día, es una de las personas más buscadas por la Interpol.

La primera autopsia fue realizada el 28 de enero por seis forenses liderados por el catedrático Fernando Verdú Pascual. Las familias, no satisfechas con los resultados, solicitaron una segunda autopsia más minuciosa y fue realizada por la eminencia forense Luis Frontela, de la que fueron testigos oficiales otros forenses y guardias civiles que la fotografiaron. En esta segunda autopsia, Frontela encontró, en los cuerpos de las adolescentes, quince pelos pertenecientes a cinco individuos distinos, uno de ellos era Miguel Ricart.
Utilizando fotos y vídeos realizados durante la primera autopsia, Frontela estudió las larvas de los cuerpos y determinó que el tamaño de estas no era el correspondiente para el estado de descomposición de los cuerpos. Esto indicaba, según Frontela, que los cuerpos habían estado enterrados en otro lugar previamente y que el no presentar livideces suponía que habían estado sumergidos en agua o que habían sufrido graves hemorragias. Desafortunadamente, no pudo demostrarlo, ya que su investigación fue entorpecida por los propios organismos judiciales.

La declaración de Ricart afirmaba que Antonio y él recogieron a las niñas cuando hacían autoestop para ir a la discoteca, pero las llevaron a la caseta en el barranco de la Romana donde las ataron y las violaron en repetidas ocasiones. Además, las golpearon para impedir que llorasen. Finalmente, las obligaron a caminar hasta la fosa donde fueron ejecutadas con un disparo en la cabeza y enterradas envueltas en la alfombra (esto es lo que se determinó también en la versión oficial).
En 1994, Ricart culpó a dos personas más, al hermano de Antonio, Mauricio Anglés (que fue absuelto de los cargos debido a que no se encontraron restos biológicos suyos en la escena del crimen) y a otro hombre de pelo canoso (uno de los pelos que encontró Frontela era cano) apodado como Nano
Ricart fue el único al que se le condenó por el triple crimen, a un total de 170 años de prisión, sin embargo, 20 años después, en 2013, salió en libertad.

Fue curioso, sin embargo, que a pesar de que las niñas fueron torturadas violentamente en la caseta, no se halló allí ningún resto de sangre ni de ningún tipo de estas, lo cual es sospechoso ya que llegaron a perder incluso dientes por las torturas. Esto, sumado al hecho de la extrema dificultad de que unas niñas muy malheridas caminasen por la difícil travesía de la caseta a la fosa, hace poner en duda la versión oficial del caso por parte de numerosos investigadores y estudiosos del caso. El propio padre de una de las niñas asesinadas no cree la versión oficial y llevó, durante años, una lucha para conocer y divulgar la verdad de los hechos.


En 2019, se hallaron, accidentalmente, restos de falanges humanas en la superficie de la fosa pertenecientes, supuestamente, a unos de los cuerpos que carecía de tales huesos. Esto consigue poner en duda el trabajo realizado por las autoridades a la hora de analizar la escena donde se hallaron los cuerpos.

La importante declaración de Frontela

Luis Frontela afirmó que el trabajo a la hora de exhumar los huesos no fue adecuado, ya que se realizó de forma rápida y sin usar técnicas de arqueología forense (que se realiza extrayendo capa a capa del terreno mediante el uso de pinceles), por lo que llevaría mucho más tiempo del que realmente se empleó.
El día 29 de enero, Frontela realizó la segunda autopsia y extrajo numerosas muestras que llevó a su laboratorio para analizarlas. Sorprendentemente, el 1 de febrero, se le pidió desde el juzgado que devolviera esas muestras de forma urgente, impidiendo que pudiera analizar todas ellas.
Frontela cuestiona los métodos empleados en el análisis de las muestras de la primera autopsia, ya que, en el informe, se habla de que el análisis de la alfombra dio negativo en diferentes zonas, cuando habría que analizar toda la alfombra y no solo algunos trozos de ella. Frontela, al analizar toda la alfombra, encontró fosfatasa que indicaba presencia de fluido seminal y, por lo tanto, podría obtenerse una muestra de ADN. No se volvió a saber nada más de aquellas muestras una vez que se le retiraron a Frontela.
Frontela se encuentra investigando, por su cuenta, una nueva vía que afirma que puede llevarle a concluir que alguien se encargó de eliminar a Anglés después de los hechos con el objetivo de silenciarlo y así evitar que contase lo que sabía e involucrar a otras personas.

En conclusión, no se puede determinar con seguridad que la versión oficial no sea la verdadera, pero sí que podemos afirmar que hay cuestiones aún por aclarar y que la investigación forense no se realizó como se debía, sobre todo en la exhumación de los cuerpos.

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