📖 [Fragmento] El retrato de la 709 – Un relato de terror psicológico
La delgada línea entre la fiebre y la locura
Bienvenidos a este rincón. Estoy empezando a dar vida a este blog con el objetivo de compartir mis historias y conectar con los primeros amantes del terror y el misterio que lleguen hasta aquí.
Hoy quiero rescatar un relato de terror muy especial para mí, ya que fue el primero que escribí. Está sacado directamente de mi libro Pesadillas antes de dormir, y lo escribí pensando en esa línea tan difusa que separa la realidad de la alucinación cuando el aislamiento o una fiebre alta nos juegan una mala pasada. Si alguna vez os habéis alojado en un hotel solitario fuera de temporada, entenderéis perfectamente la atmósfera que busco transmitir.
Apagad las luces, aseguraos de cerrar bien la puerta y preparaos para entrar en la habitación 709.
Os dejo con El retrato de la 709.
J. YUSTE
EL RETRATO DE LA 709
Ya estaba anocheciendo cuando Arturo llegó al hotel costero Costa Luz, construido en la década de los sesenta. El hotel era de los más grandes de la zona, albergando quinientas habitaciones repartidas en diez plantas. Arturo pretendía pasar una noche allí debido a una conferencia que tenía que dar al día siguiente, a más de cuatrocientos kilómetros de su hogar.
Arturo entró en el hotel y se dirigió a recepción para alquilar una habitación. Un hombre con bigote y uniforme granate lo atendió.
—¿Qué desea, señor? —preguntó el uniformado hombre.
—Una habitación para esta noche, si es tan amable —respondió Arturo.
—Desde luego. Su DNI, por favor —el recepcionista tecleó en su ordenador para comprobar las habitaciones disponibles.
Arturo buscó en sus bolsillos para sacar la cartera y, de su interior, sacó el documento que el recepcionista le había pedido. Al entregárselo al hombre, este rellenó la información necesaria en el registro con los datos que en el DNI de Arturo aparecían.
—Muy bien, señor —dijo el recepcionista al finalizar la operación—. La habitación setecientos nueve —se giró, cogió las llaves de la habitación y se las entregó a Arturo.
—Perfecto. ¿Aceptan tarjeta? —preguntó Arturo extendiendo su brazo con la tarjeta de crédito en la mano.
—Desde luego, gracias —respondió el recepcionista cogiendo la tarjeta y depositándola en la máquina. Al cabo de unos segundos giró la máquina para que Arturo introdujera el código PIN y completaron el pago—. Muchas gracias, señor.
—A vosotros.
—Por cierto, señor. Servimos las cenas a las nueve, dentro de una hora.
—No creo que cene hoy, tengo el estómago un poco revuelto. Creo que estoy incubando algo.
—Lamento oír eso, señor. Cuando lo desee puede llamar al servicio de habitaciones y le subiremos lo que solicite.
—Muchas gracias, por ahora solo quiero descansar. Hasta mañana.
—Hasta mañana, señor. Que se mejore.
Arturo se dirigió al ascensor y pulsó la tecla de llamada.
Ya en la séptima planta, caminó por el largo pasillo hasta dar con su habitación, la setecientos nueve. Introdujo la llave por la ranura y la giró un par de vueltas hacia la derecha, abriendo la puerta. Nada más entrar a la habitación, a la derecha, se encontraba el baño y, al fondo con el cabecero pegado a la pared de la derecha, una amplia cama de matrimonio con una mesita de noche y una tele enfrente. Arturo comenzó a notar cómo, eso que creía estar incubando, empezaba a hacer que le subiera la temperatura y a provocarle pesadez de cabeza. Dejó la maleta al lado de la cama y salió a la terraza, situada al fondo, a tomar el aire. El sol se estaba poniendo y las vistas eran magníficas.
Se podía contemplar toda la playa situada al frente y, a pesar de ser febrero, había gente caminado sobre la arena. Un poco más a la derecha, había un enorme acantilado de piedra donde las olas rompían contra él con violencia. La húmeda y fresca brisa logró despejar un poco la pesadez y congestión mental que ya empezaba a sentir de manera notable. Arturo se apoyó en la barandilla y contempló unos minutos aquel paisaje. Cuando comenzó a tener frío, ya que las temperaturas comenzaban a descender considerablemente cuando anochecía, entró en la habitación y cerró la puerta de la terraza. Se sentó en la cama y se fijó en un cuadro que estaba situado enfrente, al lado de la televisión. El cuadro estaba firmado por un tal Andréi K. y representaba la figura de un hombre canoso y con barba que vestía un chubasquero oscuro. El fondo del cuadro era mar y, a la derecha del hombre y a la altura de su hombro, había un acantilado que, inmediatamente, Arturo asoció con el que había contemplado en la terraza. Aunque no tenía ganas, ni apenas fuerzas para moverse, la curiosidad pudo más que eso y salió, de nuevo, a visualizar aquel acantilado.
Al salir, no pudo evitar producir unos tiritones debido al frío y, posiblemente, a la fiebre que comenzaba a notar. No tardó en comprobar que el acantilado era el mismo que estaba retratado en el cuadro, incluso parecía justo la misma perspectiva, como si lo hubiesen pintado tomando justo la posición de esta terraza como referencia.
Cuando su curiosidad quedó satisfecha y se disponía a volver al interior, observó algo en el acantilado, un punto negro que parecía ser alguien o algo que allí se encontraba. Entró a la habitación y, de entre su equipaje, sacó la cámara de fotos profesional que siempre le acompañaba. Regresó al balcón y miró por el objetivo, ampliando con el zoom, hacia el acantilado. Al localizar aquella figura con el objetivo, y aunque incluso con el zoom se veía muy pequeña, pudo comprobar que se trataba de una persona, una persona con un chubasquero. Aquella persona estaba fija, estática y sin moverse lo más mínimo. Arturo se preguntó si aquella solitaria y siniestra persona estaba mirando hacia el mar o hacia el hotel. La idea de pensar que aquella persona estaba mirando hacia él, le provocó aún más escalofríos. Tomó una foto de aquella persona y regresó a la habitación debido a que ya no podía aguantar más aquella fría brisa.
Se sentó de nuevo en la cama y sacó su pijama de algodón para entrar en calor. Mientras se lo ponía, inevitablemente, su mirada fue otra vez hacia el cuadro. Aquel hombre plasmado en el retrato le transmitió una sensación de tristeza y soledad que hizo que Arturo sintiera pena por él. Sus ojos se abrieron como los de un búho cuando, al mirar hacia el acantilado del cuadro, vio un punto negro en el mismo lugar en el que había visto a aquella persona en el acantilado real. Se levantó y se acercó al cuadro, acercando su cabeza a unos quince centímetros de él. Se le heló la sangre cuando vio que aquel punto era, en realidad, una persona con un chubasquero, igual que la que había fotografiado. Salió rápidamente a la terraza y comprobó que aquella figura ya no estaba allí.
¿Qué está ocurriendo en la habitación 709?
¿Quién es el hombre del chubasquero y por qué su figura ha aparecido de pronto pintada en el lienzo? Arturo se encuentra atrapado en mitad de la noche, incomunicado y a punto de descubrir que no está tan solo como pensaba.
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Gracias por leer,
J.Yuste


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